Estar a la deriva no es encontrarse sin rumbo, sino no saber encontrarlo. Es estar caminando por un sendero oscuro e intimidante, pero por el simple hecho de que no lo conocemos. Es vernos seducidos por la indesición, por la facilidad, por las tinieblas. Es sentirnos al borde de un abismo, el único lugar en que aparentemente nos concientizamos de las cosas y reaccionamos.
Estar a la deriva es algo que todos, en algun momento de nuestras vidas, vivimos. No importa si somos jóvenes, adultos, ancianos: desde el momento en que tenemos uso de nuestra razón, desde el instante en que logramos separar a las fuerzas del bien y del mal y debemos inclinarnos hacia una de ellas estamos en la inmensa posibilidad de comenzar a transitar ese camino.
Si es malo? Para nada. Es humano: viene con nuestra escencia.
Y entonces, si es algo natural, ¿por qué lo tomamos como algo tan negativo, tan destructor? Por que así somos los hombres: acabamos con todo aquello que más valor tiene, que más deberíamos admirar. Porque así somos los hombres: incapaces de ver mas allá de nuestras propias narices. Por que así somos los hombres: indiferentes, fríos, rebeldes. Por que así es como moldeamos el sendero que transitamos, así es como coloreamos nuestro cielo, así es como vivimos nuestra vida.
Y entonces, si es algo natural, ¿por qué lo tomamos como algo tan negativo, tan destructor? Por que así somos los hombres: acabamos con todo aquello que más valor tiene, que más deberíamos admirar. Porque así somos los hombres: incapaces de ver mas allá de nuestras propias narices. Por que así somos los hombres: indiferentes, fríos, rebeldes. Por que así es como moldeamos el sendero que transitamos, así es como coloreamos nuestro cielo, así es como vivimos nuestra vida.